Productividad

La conectividad permanente y el derecho a la desconexión

Cómo el correo convirtió la flexibilidad en disponibilidad, qué obliga a hacer hoy la ley española, y qué parte del problema ninguna norma puede resolver.

La ley española obliga a las empresas a tener una política interna escrita de desconexión digital, y a que esa política incluya expresamente a los puestos directivos. Está en el artículo 88 de la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, y lleva en vigor desde entonces. La mayoría de los profesionales a los que se lo cuento en una sesión no lo sabe, y buena parte de las empresas donde trabajan tiene el documento firmado y guardado en una carpeta que nadie abre.

Este artículo va de cómo llegamos ahí. La historia larga de la digitalización del trabajo la cuento aparte, en Del ordenador personal a la IA generativa, y el mapa general de la categoría está en Del conocimiento a la sabiduría. Aquí me quedo en un solo tramo: el correo electrónico, y lo que le pasó a la frontera del horario cuando llegó.

Lo que prometía, y sigue siendo verdad

El correo, los documentos compartidos y las primeras intranets rompieron dos barreras a la vez: la del espacio y la del horario. Un equipo pudo colaborar sin estar en la misma oficina ni en el mismo huso, y el trabajo a distancia pasó de ser una excepción negociada a una modalidad viable.

Y hay un detalle de diseño que conviene tener presente, porque es la clave de todo lo demás: el correo nació asíncrono. Escribes cuando puedes, el otro lee cuando puede. No supone que las dos personas estén disponibles al mismo tiempo. Esa es exactamente la propiedad que lo hacía compatible con el trabajo intelectual, que necesita bloques largos sin interrupción.

Dónde se giró

Un canal asíncrono se usa como síncrono en cuanto alguien empieza a esperar respuesta inmediata. Y la expectativa no la fija la herramienta.

La fija la organización, un día cualquiera, sin reunión y sin acta. La fija el responsable que contesta a las 23:40 y el equipo que aprende de ahí cuál es el estándar. La fija el compañero que escribe «¿lo has visto?» cuarenta minutos después de enviar algo. La fija la notificación en el móvil, que convierte el domingo por la tarde en una jornada de guardia sin complemento.

El resultado es un canal diseñado para no interrumpir, funcionando como un canal de interrupción permanente. El profesional del conocimiento gana flexibilidad —puede trabajar desde donde quiera y a la hora que quiera— y a cambio pierde el borde. La flexibilidad y la disponibilidad son la misma libertad mirada desde dos sitios, y solo una de las dos se firmó.

Lo que dice la ley, que es más de lo que la gente cree

Aquí es donde el asunto deja de ser una queja de café y pasa a ser una obligación con artículo.

Francia legisló primero. La ley 2016-1088, de 8 de agosto de 2016, dedica un capítulo entero a adaptar el derecho del trabajo a la era digital, y su artículo 55 introdujo el droit à la déconnexion en el Código de Trabajo francés. Obliga a negociar las modalidades del pleno ejercicio de ese derecho y los mecanismos de regulación del uso de las herramientas digitales; a falta de acuerdo, el empresario debe elaborar una carta interna, previo informe del comité de empresa, que defina esas modalidades y que además contemple acciones de formación y sensibilización dirigidas a la plantilla y al personal de mando y dirección. Entró en vigor el 1 de enero de 2017.

España lo recogió dos años después, con más alcance del que suele recordarse. El artículo 88 de la LO 3/2018 hace tres cosas:

  1. Reconoce el derecho a trabajadores y empleados públicos, para garantizar fuera del tiempo de trabajo el respeto de su descanso, permisos y vacaciones, y de su intimidad personal y familiar.
  2. Remite las modalidades a la negociación colectiva o, en su defecto, a lo acordado entre la empresa y la representación de los trabajadores.
  3. Obliga al empleador, previa audiencia de esa representación, a elaborar una política interna dirigida a los trabajadores, incluidos los que ocupen puestos directivos, que defina las modalidades de ejercicio del derecho y las acciones de formación y sensibilización sobre un uso razonable de las herramientas tecnológicas que evite el riesgo de fatiga informática.

Esa última expresión, fatiga informática, está literalmente en el Boletín Oficial del Estado. Merece la pena retenerla: el legislador español nombró el problema cognitivo, no solo el laboral.

La Ley 10/2021, de 9 de julio, de trabajo a distancia, cerró el círculo en su artículo 18: quien teletrabaja tiene el mismo derecho en los términos del artículo 88, y el deber de la empresa de garantizarlo conlleva una limitación del uso de los medios tecnológicos de comunicación durante los periodos de descanso.

Los tres puntos que casi nadie ha leído

Uno: hace falta un documento. La norma pide una política interna elaborada con audiencia previa de la representación de los trabajadores. Existe o no existe, y se comprueba en un minuto.

Dos: los directivos están dentro por escrito. El artículo los nombra. Es el reconocimiento explícito de que la desconexión de un equipo depende del comportamiento de quien lo dirige, y de que el mando también tiene derecho a desconectar. Las dos cosas a la vez.

Tres: incluye formación. No basta con publicar la política: hay que formar y sensibilizar sobre el uso razonable de las herramientas. Esa parte se cumple en muy pocos sitios, y es la única que puede cambiar una costumbre.

Lo que ninguna norma puede hacer

Y ahora la parte honesta, porque una ley tiene un alcance y conviene decir cuál.

La ley protege el tiempo de descanso. No fija cuánto se tarda en contestar un correo dentro de la jornada, y ese es el punto donde se pierde la mayor parte del trabajo profundo. Un equipo puede cumplir el artículo 88 a la perfección, no escribir a nadie fuera de hora, y seguir teniendo a toda su gente respondiendo en cinco minutos de nueve a seis, que es la manera más eficaz que existe de que nadie piense nada difícil en todo el día.

Lo que falta ahí es una norma interna distinta y más aburrida: el tiempo de respuesta esperado en cada canal. Es una decisión de organización, la toma quien dirige, cabe en cinco líneas y no la tiene casi nadie escrita.

Qué se puede hacer, y es poco y concreto

Declarar el tiempo de respuesta por canal. Correo, un día laborable. Chat, dentro de la jornada. Teléfono, para lo que de verdad no espera. Publicado y sostenido durante un trimestre, cambia más que cualquier campaña de bienestar.

Que quien dirige no envíe fuera de hora. Programar el envío sirve, con una advertencia: si el equipo sabe que el jefe lo escribió a las dos de la madrugada, la señal llega igual. La herramienta ayuda cuando la costumbre ya ha cambiado.

Separar la urgencia real de la urgencia heredada. Casi todo lo que llega marcado como urgente es una tarea que alguien no planificó a tiempo. Cuando eso se dice en voz alta y sin reproche, la mitad de las urgencias desaparecen solas.

Y cuando el problema sea el volumen de reuniones y no el horario, el arreglo es estructural y lo cuento en Asíncrono por defecto: documentar en lugar de reunirse, con dos empresas que llevan años haciéndolo.

El derecho a la desconexión existe en España desde 2018 y se ejerce poco, porque la ley regula el descanso y lo que gobierna la jornada es la expectativa de respuesta. Esa norma la escribe cada empresa. Y si no la escribe, se escribe igual: la escriben los horarios de envío de sus jefes.

Fuentes